martes, septiembre 20, 2005

El cangrejo

Se trataba de una hermosa y gruesa mujer de treinta y cinco años [...]. Su entreabierta bata se abrió aún más sobre musgosas nebulosidades cuando se inclinó para retocar los almohadones, y Jacques pudo percibir el violento husmo de su barbado misterio. Tuvo que parpadear, pues el aroma le golpeó de frente, y señaló con el dedo el lugar que incriminaba.

―Perdóneme ―dijo―, pero...

Presa de un violento acceso, se interrumpió. La casera, sin comprender, se friccionaba el bajo vientre.

―Se trata... de... su cosa ―concluyó él.

Para hacerle reír, se agarró ella con ambas manos el objeto que produce regocijo y lo obligó a imitar el ruido de un pato escarbando en el cieno. Pero, no queriendo que Jacques llegara a toser, volvió a cerrar muy pronto la bata. Una lánguida sonrisa distendió el rostro del muchacho.

―En tiempo normales ―explicó éste para disculparse― eso me gusta bastante. Pero tengo la cabeza tan llena ya de ruidos, sonidos y olores...

~ Boris Vian, El cangrejo

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