miércoles, septiembre 07, 2005

Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí

Después de comer y antes de volver a la oficina me escapé a la fnac, a comprar 13,99 euros, del tal Frédéric Beigbeder. (Por cierto, qué pena que no le pusieran la misma portada que a la versión inglesa, £9.99.)

El caso es que, como siempre, escogí la caja que tenía menos cola, por aquello de estar sintiéndome estúpido el mínimo tiempo posible. ¿O a alguien le gusta esperar a que le cobren? El dependiente, llamado Ariel (toma ya), era uno de esos homosexuales que supuran estrógeno por todos sus poros. Arrastraba las eses al decir «siguiente» y se me quedó mirando a los ojos. Pasó el libro por el escáner sin bajar la mirada y, cuando me tendió el recibo para firmar, me rozó adrede la mano.

«¿Qué diablos tengo yo de gay?», me pregunto en ese momento. Cierto es que soy alto, no muy feo, hago pesas regularmente para mantenerme en forma y (como de costumbre) voy trajeado, pero también es verdad que tengo bastante éxito con las mujeres y que mis modales son cualquier cosa salvo afeminados. ¿O sí? ¿Qué puñetas ha visto este tío en mí? ¿Por qué me toma por loca? ¿O es simplemente que le he gustado y ha tirado a ciegas, por si acertase? ¿Y si le pregunto? ¿Montará el numerito o responderá?

Pero en ese justo momento una punzada de maldad se abre paso, ardiente, en mi cabeza. Firmo el recibo y al devolvérselo junto con el boli te sujeto la mano, acerco mis labios a su oído y le susurro:

―Lo siento, majo: mi novio nos mataría.

Y me largo con viento fresco.

Comentarios:
Me encanta la creatividad de la respuesta. Deberías haberte quedado a ver su cara...
 
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