lunes, septiembre 12, 2005

A un panal de rica miel

El problema de ser un imán humano es que no eliges a quién atraes. Obviamente, nunca puede uno quejarse de las quinceañeras con minifalda, pero el nivel medio es tan bajo que la mayoría de las veces el sufrimiento resulta insoportable.

Por ejemplo, esta mañana se me acercó un anciano, plano del metro en mano.

―Perdona, muchacho: ¿por aquí se va a la estación de Checa?

Las posibles respuestas pasaron por mi cabeza a velocidad de vértigo, una a una:
  1. Ufff... tiene usted que andar 5 manzanas hasta la boca de metro y allí tomar la línea bla-bla-blá.
  2. Checa no existe. ¿Quiere usted (pero no puede) decir Chueca?
  3. ¿Está usted buscando una estación de metro en plena calle?
  4. ¿Tengo cara de empleado del Metro?
  5. No tengo ni idea. Es que no soy de aquí. De hecho, ni siquiera hablo su idioma.
Pero ya sabes por experiencia que nadie agradece nada sino más bien al contrario: las buenas acciones siempre se vuelven en tu contra. Tampoco puedes ser grosero, porque entonces puede activarse el gen verdulero y comenzar el intercambio de insultos a pleno pulmón en mitad de la calle. Así que lo mejor es sonreír tanto como se pueda y, señalando en la dirección contraria, contestar:

―Por ahí. Vaya usted todo recto y la encontrará.

―¿Seguro? ―respondió el anciano. Claro, es lo normal: cuando uno no tiene ni idea de dónde está hasta el punto de tener que preguntar al primero que pasa por allí, lo lógico es poner en duda la respuesta que se obtenga. Por eso es mejor no perder el tiempo con vanas explicaciones detalladas, sino mostrarse taxativo:

―Segurísimo ―y huir lo antes posible.

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