miércoles, octubre 05, 2005

Compañeros del metal

Ya os comenté el lunes de la semana pasada que me marchaba de campamento con los compañeros de trabajo. Se trata de una concentración anual que celebramos en un lugar alejado del mundanal ruido pero con servicio de habitaciones. Durante 5 días nos dedicamos a desintoxicarnos de nuestro estrés a base de baños de lodo, rafting, paintball y tintos reserva. Para disimular, también se asiste a sesiones de técnicas comerciales, habilidades sociales y demás paridas. Algunos incluso se dedican por las noches a corretear por los pasillos. Idílico.

Salvo por dos pequeños detalles:
  1. En el fondo todo el mundo está allí por obligación, lo que hace que a la mínima empiecen a volar dagas.
  2. Al ser los reunidos comerciales de una inmobiliaria, se necesita un par de ojos extra en el cogote para esquivar los mordiscos. Particularmente en mi caso: ¿quién no querría pasarle por encima al mejor vendedor de la compañía?
Así que, al más puro estilo de los magos del Mundodisco, uno se pasa los 5 eternos días en constante tensión, esperando la siguiente zancadilla, comentario envenenado o empujón en la zodiac. Guerra psicológica constante. ¿Para qué, si no, están los compañeros?

Sé que todo lo anterior no es disculpa, pero confieso que no pude resistir el impulso de vengarme cuando la noche del viernes, en el karaoke que animaba la sobremesa de la cena, vi entre la lista de canciones disponibles El tamborilero.

Sí, fui capaz. Dos veces. Y sí: dantesco. Pero no sabéis lo tranquilo que estuve el sábado. Recordadme que otro día os hable del bingo que jugamos aquella noche.

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