martes, octubre 25, 2005

El secreto de mi éxito

En el fondo, y a pesar de todo, la noche que paso con Marie es mi mayor hazaña sexual, mi polvus mirabilis. ¿Y alguien quiere saber cómo llego a eso? Porque hago preguntas. Eso es. Ése es mi secreto, así de fácil. Si alguien quiere saber cómo hace uno para cepillarse a diecisiete mujeres o más, ni una menos, he aquí mi consejo: que haga preguntas. Es un truco que funciona precisamente porque se supone que no es el mejor sistema, si uno se fía de la sabiduría colectiva masculina. Aún quedan suficientes ególatras a la vieja usanza, bocazas y tercos en sus opiniones, para que un tío como yo resulte un soplo de aire fresco, totalmente distinto de la media; Marie incluso llega a decirme algo por el estilo a mitad de la velada...

[...]

Hace algún tiempo, una vez en que Dick, Barry y yo nos pusimos de acuerdo en que lo que importa es tu gusto, y no lo que seas ni lo que dejes de ser, Barry propuso la idea de un cuestionario para sondear a toda persona que fuera candidata a formar pareja con uno: un texto de dos o tres páginas, una batería de preguntas de tipo test, que abarcase todos los apartados de música, cine, televisión y libros. Tendría por objeto: a) ahorrarse las conversaciones torpes del principio, y b) impedir que un buen tío saltase a la cama con una chica que, después, en otra ocasión, resultara tener todos los discos que haya podido grabar Julio Iglesias a lo largo de su vida. Nos divirtió en su momento, aunque Barry, siendo como es, fue un paso más allá: efectivamente preparó el cuestionario y se lo puso delante a una pobre chica por la que estaba interesado. Ella le sacudió en la cabeza con la hoja del cuestionario. Sin embargo, su idea contenía una verdad importante y esencial, que es precisamente el hecho de que estas cosas importan, y que por eso no sirve de nada fingir que cualquier relación puede ser viable en el futuro, teniendo en cuenta que tus gustos musicales y los de ella difieren violentamente, o teniendo en cuenta que las películas preferidas de los dos ni siquiera se dirigirían la palabra si se encontrasen en una fiesta.

~ Nick Hornby, Alta fidelidad

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