jueves, octubre 13, 2005

La culpa fue del chu-le-tón

Habrán observado, atentos lectores, que ayer no escribí. Pero tengo una magnífica excusa. Y no, no es que asistiese al desfile militar de la Castellana (sí, el de la cabra) y, preso del delirio del momento, corriese a un bar a emborracharme con carajillos, anises y demás bebidas espirituosas patrias, sino a que estuve en Ávila.

«Ah, ¿y es que en Ávila no hay Internet?», oigo que pregunta el enano hombre de crecimiento incompleto del fondo. Pues haber sí que hayla, pero también hay tabletas de chocolate de a kilo, morcilla de calabaza, yemas de Santa Teresa, chorizos y lomos en aceite, judías del Barco de Ávila y, sobre todo, auténticos chuletones de ternera.

Así que cuando uno se deja seducir por la carta de algún buen restaurante y se echa a la tripa un generoso plato de judiones con matanza, un chuletón a la parrilla en su punto que se sale por ambos extremos del plato y de postre media docena de yemas, pues pasa lo que pasa. Que se baja toda la sangre al estómago, no queda suficiente para regar el resto del cuerpo (meninges incluidas) y te pasas el resto del día arrastrándote como alma en pena por el casco antiguo de la ciudad, llorando amargamente los tiempos en los que eras capaz de caminar y respirar a la vez, resollando y resoplando: «Vivo sin vivir en mí, / y de tal manera espero, / que muero porque no muero.»

Espantoso. Todavía hoy me duran las secuelas. Llevo todo el día haciendo dieta semilíquida, escondido tras mi monitor en la oficina, sin dar golpe, alternando los momentos de sopor con las cabezadas. Pero qué rico estaba todo, rediez.

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