miércoles, noviembre 02, 2005

Come fly with me, let's fly let's fly away

Suelo llegar a los aeropuertos con el tiempo justo de obtener la tarjeta de embarque, facturar, pasar el control de seguridad y desayunar antes de subirme al avión, y así lo hice el sábado pasado. Pero me sobró bastante más del esperado.

Cada media hora atrasaban la hora de salida del vuelo media hora más. Cambiaron la puerta de embarque 5 veces, lo que hizo que un río de pasajeros cada vez más enfadados corriese de un lado a otro de la terminal, y de una terminal a otra. Algunos reclamaron y lograron un vale para la cafetería. Otros sólo querían una explicación contundente (nadie hizo acto de presencia para explicar qué ocurría), pero montaron en cólera cuando tuvieron conocimiento de dichos vales. A la manida (e infundada) explicación de una avería en el avión siguió el rumor de una huelga encubierta del personal de tierra, ése del que han dicho los jefes de Iberia que sobran 559, trabajador más o menos.

Por fin aparecieron unos señores que, con toda la profesionalidad del mundo, explicaron que no sabían nada, que les habían mandado a atender aquella puerta como les podían haber mandado a atender cualquier otra y que el retraso se debía a «problemas logísticos», pero que el avión (como podía verse por los ventanales) acababa de llegar y que sólo había que esperar a que estuviese listo. Eso sí, que si alguien quería poner una reclamación tenía todo el derecho del mundo, pero tendría que ser a la vuelta porque se habían acabado los impresos.

Terminamos despegando con casi 5 horas de retraso. Tras el despegue, el piloto se disculpó en nombre de toda la compañía y explicó que el aeropuesto se había cerrado la noche anterior por una fuerte tormenta eléctrica, que había continuado cerrado por la mañana debido a una densa niebla y que, por tanto, muchos vuelos habían sido desviados a otros aeropuertos, provocando así retrasos en casi todas las salidas del día ante la falta de aviones. Explicaciones que de poco sirvieron a la mayoría de los pasajeros, supongo.

Qué queréis que os diga: nunca me he alegrado tanto de viajar en business. Las penas con pan son menos, y estar 5 horas más de la cuenta en la sala vip tampoco es el fin del mundo. Particularmente cuando ves corretear a los pasajeros de economy de una puerta a otra cuando te acercas al ventanal sobre la terminal al ir a servirte otro zumo de naranja natural. Cogiendo otra revista vuelves a tu sofá y, poniéndote de nuevo los auriculares del iPod, vuelves a tu universo privado.

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