martes, enero 03, 2006

Maldita ley

Sí, yo estoy en ese indeseable 30% de la población. Y qué queréis que os diga: es algo que no puedo evitar. Es superior a mis fuerzas. Yo querría dejarlo, resistirme, para que las personas que me rodean no tengan que soportar el aire viciado por mi culpa. Que digo yo que tampoco será lo que se dice muy sano, claro. Pero, de verdad, no puedo evitarlo: me tiro pedos.

Y os juro que lo he intentado todo: acupuntura, parches psicotrópicos, baños de lodo, azotes en los nudillos con una regla de aluminio, desodorante en spray extrafuerte... Pero no hay manera. De repente advierto que estoy solo en un ascensor y simplemente no puedo evitar aflojar los esfínteres. Aaaaah, qué gusto. Cuando me estoy recreando en mi nube privada, se abre la puerta y entra alguien, claro. Qué sonrojo.

Sí, reconozco que muchos de nosotros nos saltamos las reglas. Al ya mencionado ascensor se suman las cabinas telefónicas (cada vez más difíciles de encontrar, por cierto), los pasillos desiertos, los andenes del metro (ah, esos ecos metálicos arrancados a la catenaria) y, ya puestos, los concesionarios de coches, los hospitales (procurando no hacer demasiado ruido), las salitas de espera de los notarios, el cuarto de contadores del bloque, los frigoríficos (ajenos), el tambor de la lavadora de mamá, las cacerolas grandes, la jaula del canario (R.I.P.) y un globo de publicidad del Carrefour. Con dos cojones.

Pero se han pasado. Los bares. Cómo puede alguien en su sano juicio prohibir el desahogo que tu cuerpo exige cuando llegas aterido de frío al bar, te quitas el chaquetón, pides un café hirviendo y una tostada churruscada con mantequilla y empiezas a entrar en calor. Todos sabemos lo que cuesta mantenerse hermético, reprimir las ganas de hacer tuyo por unos minutos ese espacio público. Insisto: se han pasado. Igual es el castigo merecido por no respetar los pocos espacios que debíamos respetar hasta ahora, pero una vez más estamos en manos de una pandilla de hipócritas. ¿Qué, que Zapatero nunca se ha tirado un pedo? ¿Ni Rajoy tampoco? Porque en esto sí que se han puesto de acuerdo, los muy cabrones: en jodernos a todos.

Volviendo al punto de partida. A lo hecho pecho, pero no puedo evitar seguir tirándome pedos. Si me los aguanto lo paso fatal: me pongo nervioso, tenso (sobre todo entre el esternón y las ingles), irascible... vamos, un síndrome de abstinencia en toda regla. Así que exijo a este gobierno que nos ha tocado la financiación de unos tratamientos eficaces para superar esta adicción, y al mundo en general un poco de comprensión. Que sí, que nadie tiene por qué tragarse el pedo ajeno, pero recordad que nosotros también somos personas. Casi podría decirse que somos seres humanos.

Aunque a veces no lo parezca, como cuando los buñuelos de viento caseros. Lo que nos reímos aquel día...

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