miércoles, octubre 26, 2005

La pregunta del millón

―¿Es que no me quieres?

Tomé un trago más del infecto café y me enderecé en el sofá.

―No se trata de eso, Lorena... ―y entonces sonó mi móvil― disculpa, es mi novia. Dime, Genoveva. Ajá. No te preocupes: ya tengo comprados los billetes. Sí, la reserva la hago en cuanto vuelva a la oficina. No, no se me va a olvidar. Pues creo que sí, que nos va a llover... Vale, de acuerdo. Un beso, cariño. Sí, yo también te quiero. ―Y, colgando:― ¿Qué estaba diciendo?

―Que no me quieres.

―No: eres la que no me quieres. Y si tuvieras 3 o 4 años más te darías cuenta. ¡Si ni siquiera me conoces! Sólo porque nos hayamos acostado un par de veces...

―Cuatro, para ser exactos ―dijo, desafiante. Estaba preciosa.

―Vale, cuatro veces. Que nos hayamos acostado cuatro veces no quiere decir que tengamos una relación sentimental ni nada por el estilo. Sólo somos amigos, que no es poco.

―Suso, eres un hijo de puta.

―Se hace lo que se puede, cielo ―dije, levantándome antes de que tuviera tiempo de tirarme su café a la cara o alguna tontería parecida, como llorar―. Tengo que irme: me está esperando un cliente. Llámame cuando quieras, pero al móvil. Y no te preocupes por el café que yo invito.

Pagué y salí del Starbucks. El día estaba estupendo, con el sol fuera y los pájaros cortando el cielo. Decidí dar un paseo. Cuando hube andado un par de manzanas, cogí el móvil y le envié un mensaje a Lorena: «x qriosid: n q t gastast mi cheq?»

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