lunes, noviembre 14, 2005

Pescado fresco

Como todos ya sabéis, tras varios días de abstinencia forzosa (quizá no estricta, pero no es lo mismo) uno empieza a ver fantasmas, visiones y oro donde no reluce nada.

Así que cuando la pescadera me sonríe en el supermercado, preguntándome qué deseo, lo primero que me viene a la mente no es precisamente lo que digo:

―Un filete grande de emperador, por favor.

―¿Fresco o congelado?

―Fresco, claro.

Y mientras la pobre chica pelea con un monstruo de 20 o 25 kilos y con un cuchillo gigante, yo me pregunto qué tal estará en tanga. La chica, no el pez.

―¿Algo más?

―Medio kilo de pescadillas pequeñas.

¿A qué hora saldrá esta chica de trabajar? ¿Dónde podría llevarla a cenar? Mirándola bien, no es nada fea. Digamos que tiene bastante recorrido: seguro que con un poco de maquillaje y sin la redecilla mejora muchísimo. Es bastante joven. ¿Qué habrá estudiado? No creo que haya llegado a la universidad. ¿Se estudia en FP para pescadera? ¿De qué podríamos hablar? De cine: eso nunca falla. ¿Le olerán las manos a pescado? Me temo que más a guantes sudados. Pero ella sí que olerá: ya huelo yo, que sólo llevo aquí 5 minutos. ¿A qué huele una pescadera desnuda excitada?

―¿Algo más?

―Sí.

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